El libro se comporta como las canciones de Pete, las buenas y las malas: es atropellado, da saltos, a veces te pellizca con la emoción. Y la colección de viñetas del desastre no siempre fluye y hubiese sido muchísimo más divertida en manos de alguien que realmente quisiese hacer literatura con ellas.
Pero puede que así se hubiese perdido la sensación de que Doherty es el más empático de todos los yonkis del rock.