Interesante, muy interesante. Una lectura que merece mucho la pena.
Creo que solo puedo poner una pega en términos “literarios“: el formato de las entrevistas, llegado cierto punto, cansa. Se acaba haciendo repetitivo y se pierde un poco el gancho de cara a seguir.
En términos políticos, si bien comparto un 99% de su visión, y aunque hay un intento de reflejar esa polifonía y pluralidad, creo que a esta novela le falta mucho la representación del disenso. Se mencionan disensos, pero se despachan muy rápido. Todos los protagonistas son gente bastante comprometida políticamente. No he podido evitar preguntarme: ¿A todos los opositores se les ha matado o logrado persuadir? ¿Dónde están? ¿Y la gente de a pie que es, sencillamente, conservadora? Es como si de la situación de crisis extrema se hubiera creado un consenso brutal casi mágicamente. Me sorprende también la falta de dilemas morales, de problemas pendientes de resolver, de sabotajes, de facciones, de escepticismo... es como si tras la revolución estuviera todo básicamente ya hecho. Eso no termina de cuadrar con cómo me imagino yo que serían las cosas.
Y ya (esto es más personal) solo me quedaría añadir que no comparto el tecno-optimismo casi transhumanista de las autoras. Creo que no integran lo suficiente la perspectiva ecológica (aunque dediquen un capítulo a ello).
¡Leedlo! Estimula mucho la imaginación política. Y también permite soñar un poco, que falta nos hace...
Esta es una reseña sobre la trilogía Tierra fragmentada, y no solo sobre La quinta estación, su primera entrega.
Tierra fragmentada es una trilogía con múltiples virtudes. En primer lugar, se resiste a ser clasificada en la dicotomía entre fantasía y ciencia-ficción, si bien pudiera caer en un principio más hacia el primer lado de la balanza. Pero lo más destacable, realmente, es el modo en que trata de decirnos algo sobre el mundo en que vivimos.
La premisa: opresión y familia elegida
La Quietud es el único continente conocido del planeta, cuya corteza es sumamente inestable. Por esa razón, se suceden constantemente eventos sísmicos de diverso grado, algunos de los cuales alcanzan tal magnitud que desencadenan una «quinta estación», un invierno de larga duración en el que la tierra deja de recibir la luz y el calor del Sol y la carestía deja paso a un periodo de inestabilidad social y política, pero también biológica. Entre los seres humanos, existen los orogenes, únicos capaces de manipular los movimientos de la tierra a través de la orogenia. Temidos por su poder, son perseguidos y linchados, y los que se libran de la muerte acaban captados por el gobierno imperial para ser explotados durante toda su vida como herramienta. Para justificar este estado de opresión, se los deshumaniza sistemáticamente.
Como se puede desprender de esta premisa, el tema constante a lo largo de la trilogía es la deshumanización y opresión de grupos humanos en razón de su «raza».
Cuando todos los orogenes son perseguidos y asesinados, cuando se retuerce el cuello de todos los bebés que nacen a partir de entonces, cuando todos los que la llevan en la sangre son asesinados o esterilizados y cuando se niega la misma idea de que los orogenes son personas... Eso es un genocidio. Matar a personas y hasta la noción de que son personas (El cielo de piedra).
[L]os conquistadores son precisamente los que más se asustan o los que hacen gala de un miedo más característico. Son personas que no dejan de ver cosas donde no las hay por miedo a que sus víctimas algún día les hagan lo mismo a ellos, aunque lo cierto suele ser que dichas víctimas prefieren obviar esas mezquindades y lo tienen todo superado. Los conquistadores viven asustados por el día en el que se descubra que no son superiores, sino tan solo que han tenido suerte (El cielo de piedra).
El portal de los obeliscos
Un día cercano, la chica aprenderá la palabra «simbiosis» y asentirá, complacida por tener una manera de llamarlo al fin. Pero mucho antes de eso ya habrá decidido que la palabra «familia» le sirve igual de bien (El cielo de piedra).
Los personajes
El proceso de ser traicionado por la sociedad va por fases. Uno se sobresalta y sale de ese estado de autocomplacencia cuando descubre las diferencias, cuando se enfrenta a la hipocresía, cuando tiene que hacer frente a un trato inexplicable e incongruente. Después viene un periodo de confusión, en el que hay que olvidar lo que te habían enseñado que era la verdad. En el que hay que meterse de lleno en una nueva verdad. Y luego hay que tomar una decisión.
Algunos aceptan su destino. Se tragan el orgullo, olvidan la auténtica verdad y se dejan llevar por la falsedad, porque dan por hecho que no deben de tener mucho valor. A fin de cuentas, si una sociedad al completo se ha dedicado a subyugarlos, está claro que es porque lo merecen, ¿no? E incluso si no es así, es demasiado doloroso, demasiado imposible. Al menos, así encuentran la paz, más o menos. Y esta no dura mucho.
La alternativa es exigir lo imposible. Es injusto, susurran, lloran, gritan. Lo que les han hecho es injusto. No son inferiores. No se lo merecen. Y por eso la sociedad debe cambiar. La paz también es posible de esa manera, pero antes siempre tiene que producirse un conflicto.
Nadie lo consigue sin uno o dos intentos fallidos (El cielo de piedra).
El sistema de magia
orogenia
A partir de El portal de los obeliscos el sistema de magia se desdobla en dos: la orogenia y la «plata», también llamada «magia». No he podido evitar decepcionarme con lo genérico de este nombre, frente al original y novedoso de «orogenia». No ha terminado de quedarme clara la relación entre la plata y la orogenia. Parecieran ser independientes (Alabastro, Essun y Nassun dejan de poder utilizarla sin convertirse en piedra una vez que usan el portal de los obeliscos), pero, entonces, ¿de dónde proviene cada una y por qué en ambos casos solo los orogenes pueden emplearlas?
Tampoco he terminado de entender otras cosas: si se nos dice que, en su guerra contra la humanidad, el Padre Tierra no distingue entre orogenes y táticos, ¿por qué crea a los guardianes para mantener controlados a los orogenes?
Alguna pega
El portal de los obeliscos
La parábola del sembrador
La parábola del sembrador
Alabastro activa el Portal de los Obeliscos y causa la Hendidura. Es por una «buena razón»: para obtener la fuente de energía necesaria para recuperar la Luna y así lograr que no haya más quintas estaciones. Pero, tal y como claramente se reconoce en el libro, esto supone, como mínimo, la destrucción de toda la ciudad de Yumenes, en la que habitan millones de personas, además de todas las penurias que pasarán los supervivientes del resto de la Quietud (si es que logran sobrevivir). Se nos da a entender que no es una pérdida que llorar, porque Yumenes es la capital del Imperio y por tanto la fuente de la opresión. Pero, joder, que estamos hablando de millones de habitantes, ¿eh? Y, como mínimo, unas cuantas víctimas serán orogenes también, suponiendo que no sientas ninguna compasión por los táticos. Y, aun así, ¿por qué se justifica o pasa por alto tan a la ligera el castigo colectivo?
He echado muchísimo de menos una reflexión como la que presenta la Saga de Ender, en particular en La voz de los muertos, donde el tema de cómo es posible resarcirse moralmente de haber cometido un genocidio (en ese caso, xenocidio), aunque lo hayas cometido sin querer o creyendo que era por una buena causa y en defensa propia. Creo que en esta trilogía los protagonistas no tienen suficientes pesadillas para todos los horrores que van causando por ahí. Se reconocen a sí mismos como asesinos y, para que se me entienda, no me parecen mal los personajes moralmente grises. El problema es que la trilogía no pretende (yo creo) ser moralmente gris: trata explícitamente del deseo de justicia y de crear un mundo mejor.
Sin embargo, como en los cómics y películas de superhéroes, crear un mundo mejor queda en manos de un puñado de «personas extraordinarias» que, sin consultar con nadie y solamente en virtud de sus capacidades sobrenaturales, se toman la justicia por su mano y causan toda la destrucción que sea necesaria para lograr ese fin. Esta me parece una actitud como mínimo autoritaria, pero habiendo un genocidio de por medio (el que causa Alabastro, cuyos pasos seguirá Essun) para mí pasa a ser una actitud fascista y totalitaria. Lo cual me parece totalmente paradójico para lo que son las temáticas más interesantes de esta trilogía. Me ha dejado un sabor de boca extraño, porque tampoco he tenido la sensación de que Jemisin nos quisiera entregar unos personajes moralmente ambiguos que nos dejaran, al final del libro, planteándonos si no serán más bien un poco villanos. Más bien, creo que personajes como Nassun, Essun, Schaffa, etc., estaban hechos para que tuvieran nuestra simpatía pese a todo el mal que han causado a su alrededor (o que pretenden causar). Pero bueno.
Conclusión
El nombre del viento
muy
Volvía a Francia, al encantador Saint-Tropez, y a mi adorable casita a escribir mi vida. ¡Mi vida! Había vivido en sus cimas y en sus abismos, en sus amargos dolores y en sus éxtasis, en la negra desesperación y en la esperanza ardiente. Había apurado la copa hasta el final. Había vivido mi vida. ¡Ojalá tuviera el don de describir la vida que había vivido!
Estas memorias son un documento de valor extraordinario, desde el punto de vista histórico, literario, político y humano. No podía ser de otra manera considerando lo extraordinario del carácter y de la vida de la propia Emma Goldman. Este libro es, a la vez, el retrato de una época y el de una mujer fiera y combativa, sensible y compasiva, culta y carismática, pero, sobre todo, profundamente comprometida con la libertad y con sus ideales, jamás negociables. Apasionada de la literatura (en particular, del teatro, aunque también cultivará un gran amor por la poesía de Whitman y por las novelas existencialistas rusas) y de la filosofía (lee a Nietzsche con gran interés), evita a lo largo de toda su vida convertirse en nada más que una conferenciante sobre asuntos puramente intelectuales, al mismo tiempo que repudia cualquier ideal de la revolución que excluya el arte y la sensibilidad individual.
A través de sus memorias la acompañamos a lo largo de numerosas batallas políticas (por la libertad de expresión, por la mejora de las condiciones de los presos, por las condiciones laborales, por la anticoncepción, contra el militarismo y la guerra, en favor de la liberación de presos políticos...) y personales (el amor y la sexualidad libres, sus numerosos juicios y condenas, sus amistades, sus desavenencias políticas, las traiciones y decepciones, así como impresionantes ejemplos de solidaridad...). En todas ellas se revelan su determinación y su férreo compromiso con sus ideales, que la llevarán a una existencia casi nómada en la que se suceden unos domicilios a otros y donde son numerosas las giras para realizar conferencias, siempre bajo la amenaza de ser apresada y encarcelada por sus actividades políticas, lo que en ningún momento la amedrentará.
En estas páginas se suceden destacados eventos históricos que marcan también la vida de Emma Goldman y en los que ella dejará, a su vez, su propia huella, como la condena de los anarquistas de la revuelta de Haymarket, Chicago (1886) que daría lugar a lo que hoy conmemoramos como Día de los Trabajadores (1 de mayo), el inicio de la Guerra Mundial (1914) y las revoluciones rusas (1905-1917). También nos cruzamos con numerosos personajes con los que Goldman entraría en contacto, desde Lenin y Trotski hasta Bertrand Russell, pasando por Edward Carpenter, Helen Keller, Jack London, John Reed, Oscar Wilde, Piotr Kropotkin, Errico Malatesta... y, por supuesto, su amigo y compañero hasta el final, Alexander Berkman.
Leyendo, nos hacemos testigos de los estragos del antisemitismo; de una clase proletaria en condiciones deleznables; de las impresionantes formas de solidaridad entre personas afines en sus ideales y comprometidas con una misma causa política que conviven con decepcionantes actos de hipocresía, cobardía política, oportunismo y traición que serán siempre tan dolorosos para Goldman; de la represión policial omnipresente en las existencias de quienes deciden organizarse políticamente; de la paranoia patriótica derivada de la Gran Guerra y los consecuentes recortes en la libertad de expresión, de la tragedia de la revolución traicionada en Rusia; del revanchismo en Alemania tras el tratado de Versalles... A la vez, vivimos los amores y esperanzas de Goldman, sus decepciones y ataques de ira, su frenética y voluntariosa entrega a la causa, su rigor moral y el calor de todas las amistades y alianzas que sostienen su vida de principio a fin.
Además, pese a su larga extensión, estas memorias están escritas con un dinamismo y una pasión que absorben y enganchan en la lectura como si de una novela se tratase. Goldman relata acontecimientos y vivencias ocurridos hasta medio siglo antes con un nivel de detalle y de vivacidad sorprendentes y sin introducir juicios de valor a posteriori. Cuando se enamora, no nos adelanta el final de su relación, cuando traba amistad con alguien, no nos prepara para la decepción que se producirá más adelante. Por el contrario, intenta muy convincentemente retrotraerse a las emociones y pensamientos que coloreaban sus vivencias en su presente, lo que contribuye más a que sus memorias sean legibles como una novela y a que los lectores podamos acompañarla en su desarrollo personal. Todo se relata con el frenesí y la pasión que seguramente teñían su vida misma.
La realidad supera a la ficción y tiene mucho que enseñarnos y, sin duda alguna, la vida de Emma Goldman es una de esas vidas que merecía sí o sí ser escrita y seguir siendo leída casi un siglo más tarde (¡tenemos mucho que agradecerles a los amigos que le insistieron tanto en que escribiera estas memorias y que recaudaron fondos para que se pudiera dedicar a escribirla!). Su incansable vocación libertaria y su impulso constante a tejer lazos de solidaridad con miras no solo a un futuro utópico, sino a hacer lo correcto aquí y ahora, hoy mismo, son una inagotable fuente de inspiración.
Lo primero, me gustaría felicitar a los autores. Sin conocerlos personalmente (¡aunque tuve ocasión de hacerme firmar el libro por Javi en la Feria del Libro de Madrid!), puedo imaginar tan solo leyéndolos la cantidad de conversaciones y lecturas que habrán compartido, la cantidad de experiencias que habrán atravesado, junto con otras personas, a lo largo de años y durante la confección de estos libros. Y el libro es una maravillosa cristalización de ello con la que ofrecen a los lectores unas maravillosas píldoras de esa “sabiduría relacional” que una va construyendo con los otros cuando ensaya nuevos -mejores- modos de relacionarse y habitar entre/con los otros.
Desde el inicio, he apreciado el enfoque del libro, en buena medida porque comparto sus tesis centrales: el amor como praxis más que como sentimiento, la vinculación de las prácticas amorosas contemporáneas con el capitalismo (y no solo con su estadio neoliberal) y con el patriarcado, la imbricación de lo personal y lo político... Han sido particularmente interesantes para mí algunos pasajes como la aplicación del concepto de fetichismo de la mercancía al análisis de lo romántico (en “Fetichización del amor” y en “Fetiche para unas, poder para otros”) o la vinculación entre romanticismo y consumismo, en los que quizá nunca me había detenido a pensar, así como la manera en la que plantean el problema de la “Obligatoriedad sexual” en relación con el modo de concebir y tratar el deseo bajo la monogamia (el concepto de “violencia epitímica” aquí propuesto me ha parecido muy útil e interesante).
Pero, posiblemente, la parte que más he disfrutado ha sido la tercera. Y es que, en particular en el capítulo “Ecología de las relaciones rizomáticas”, ha puesto palabras a muchas cosas que hasta ahora he estado manejando en mi vida y/o con mis vínculos de manera tentativa e intuitiva (a propósito de la importancia de crear lenguaje, de la que hablan aquí también Myriam y Javi...). Me ha fascinado el concepto de “régimen de potencias” y la atención a los matices con la que lo proponen. La noción de “dilema del umbral” es potentísima a la hora de explicar por qué no podemos pensar la no-monogamia como una cuestión puramente de elección individual, lo cual está estrechamente relacionado con la dimensión material de las prácticas relacionales (sobre las que reflexionan en el capítulo “El discreto encanto de la burguesía”). El propio concepto de “amor rizomático” me parece destacable. En tanto yo me he aproximado a este tema desde otros referentes, lo he encontrado afín a la idea de “anarquía relacional” (que, si no recuerdo mal, los autores también mencionan).
Aprecio muchísimo, en esta parte propositiva del libro, la combinación de finura y compasión desde la que está escrita, atendiendo a las dificultades reales que emprender esta senda supone, haciendo un llamado contra el moralismo (“No es mi culpa, no es mi culpa, no es mi gran culpa”) y a la vez resistiéndose a la resignación y al inmovilismo. El espíritu que atraviesa el libro, en este sentido, me parece enormemente radical y desafiante y, a la vez, profundamente amable. Muy relacionado con esto, aprecio y comparto el énfasis en construir redes y comunidades de afectos basadas en el respeto, la responsabilidad, la comunicación, el cuidado y la atención a las señales (a los “acontecimientos”, a los “fantasmas”, al lenguaje, a las singularidades de nuestros amores...), más que en la necesidad de tirarnos de cabeza a eliminar la exclusividad sexual de nuestras relaciones de pareja y derrotar heroicamente al “monstruo” de los celos. Todo esto es posible gracias a la otra tesis central para este apartado, que es la sustitución de recetas y prescripciones en favor de prácticas “locales” y descentralizadas, flexibles, singulares.
Vamos, que cierro este libro dejándolo lleno de subrayados y anotaciones, deseando compartirlo con mis personas para que lo llenen con los suyos. Recomiendo esta lectura ya no solo a quien esté interesado en el “mundillo” de lo no monógamo, sino a toda persona que crea en la importancia de los vínculos, de los afectos y de los espacios colectivos atravesados ellos mismos por vínculos y afectos.
La intriga de esta novela es destacable por el modo en que, si bien es indiscutiblemente de género policiaco (y, en este sentido, sus personajes son más bien estereotipados), el desarrollo del caso (el asesinato de una joven cuya identidad se desconoce) es inseparable de la geografía de la ciudad en que tiene lugar. Y es esa intrincada geografía urbana, al borde de lo imposible, que no se sabe muy bien si está configurada por los principios de la fantasía, de la ciencia-ficción o de una distópica psicología, lo que más me ha enganchado desde el inicio de la lectura. El autor juega muy bien con esta ambigüedad, con las expectativas del lector de los géneros en cuestión, dando como resultado lo que para mí es todo un experimento/experiencia o, siguiendo el recorrido del detective protagonista, todo un viaje en un sentido fuera de lo «topordinario».
Esta novela sumerge al lector breve pero muy apasionadamente en las turbulentas veinticuatro horas que marcaron la memoria de una mujer, durante las que una ludopatía desenfrenada, una pasión improbable y los puritanos valores de la clase burguesa de finales del siglo XX y principios del siglo XX chocan entre sí. Mantiene en vilo al lector durante cada página y le hace preguntarse por el poder de las pasiones para sacudir una vida entera.
Es perfecta para leerla de una sentada en una tarde anodina.
Tiene usted toda la razón: la verdad a medias no tiene ningún valor; sólo la tiene la que se expone íntegramente.
La justicia pública decide seguramente sobre esas cosas con mayor severidad que yo; ella tiene el deber de proteger despiadadamente las costumbres establecidas y las convenciones legales; está obligada a juzgar y no a disculpar. Yo, sin embargo, en tanto que persona privada, no veo por qué he de adoptar el papel de juez; prefiero actuar de defensor. Personalmente, me causa mayor satisfacción comprender a los hombres que condenarlos.
No puedo sin insistir en lo disfrutable que me parece la prosa ensayística de Ortega, con su característico estilo a la vez claro y floreado, con su persuasiva y carismática oratoria, con ese discurrir que avanza trazando meandros (o, como él plantea en estas lecciones, en espiral), en una cadencia sugestiva e hipnótica.
El núcleo fundamental de este texto es la noción orteguiana de la vida como realidad radical, a la que se llega a través de una serie de etapas en las que se esgrime la crítica al idealismo y se tocan numerosos temas que Ortega aborda en otros de sus textos (como la doctrina de las generaciones y del amor).
No puedo no darle cinco estrellas, lo he disfrutado en forma y en fondo.
Ensayo en el que se presenta la concepción del absurdo de Camus, que, si bien se apoya sobre las filosofías de la existencia que le preceden, marca una línea de distancia. De ellos (de Kierkegaard, Chestov, Dostoyevski, Jaspers) recoge su descripción de la sensación de absurdo, pero critica sus conclusiones. Mientras que para Camus el hombre absurdo debe mantenerse en un estado de lucidez, que no pretenda evitar o anular el absurdo, los filósofos precedentes proponían un “salto” cargado de esperanzas de carácter religioso. Así pues, partiendo de la pregunta inicial de si es posible seguir viviendo -es decir, no suicidarse- una vez se ha tomado conciencia de que la vida no tiene sentido, Camus delinea la figura del hombre absurdo: su forma de vivir la vida y de amar, su ética (una “moral de la cantidad”) y su estética.
No comparto en casi nada los planteamientos de Camus, si bien sí he disfrutado sobre todo de su capítulo dedicado a la creación artística, donde critica la tradicional oposición entre filosofía y arte:
El artista, lo mismo que el pensador, se empeña y se hace en su obra. Esta osmosis plantea el más importante de los problemas estéticos. Además, nada más inútil que estas distinciones según los métodos y los objetos para quien se convence de la unidad de propósito del espíritu. No hay fronteras entre las disciplinas que el hombre se propone para comprender y amar. Se interpenetran y la misma angustia las confunde.
No sé bien qué esperaba de este libro, pero me ha resultado, en cierto modo, decepcionante. Su primera parte sí satisfacía mis expectativas y tenía un fuerte gancho gracias al augurio del propio título. El concepto de “afinidad electiva”, tal como se explica en alguno de los primeros capítulos, es propio de la química del siglo XVIII y alude al fenómeno que tiene lugar cuando dos compuestos, al encontrarse, desencadenan una reacción fruto de un peculiar tipo de atracción tras la cual sus elementos quedan recombinados en dos compuestos diferentes. Comienza la historia narrada por Goethe con un matrimonio que acoge entre sus muros a un amigo de él, capitán, y a una joven parienta de ella: durante toda la primera parte se cocinarán las tensiones amorosas (las “atracciones”) que nos podemos imaginar desde el principio. ¿El problema? En mi opinión, que quedan cocinadas demasiado pronto, a la mitad de la novela ya están en su clímax de no retorno. Toda la segunda parte baja rodada, estirándose y —para mí— languideciendo en su interés hasta tocar el final. Movimiento descendente que solo se ve animado por el desarrollo y crecimiento de uno de los personajes involucrados, que alcanza un rango protagonista: la joven Ottilie. Sin embargo, este personaje no ha despertado mi simpatía o, más bien, la ha ido perdiendo más y más, quizá porque más que una mujer real me parecía una fantasmagoría ideal de mujer: dócil, abnegada, amada por su discreción y modestia, sin rumbo... yo diría casi sin alma propia. Por el contrario, me interesaba muchísimo más la figura de la esposa, el pilar de cordura y sensatez, aunque sacrificada, de toda la familia. Y a este personaje se le deja nada más el papel de darle al lector de la época lo que entiendo que esperaba y deseaba: la realización del amor entre Ottilie y su esposo; un amor que, en cambio, para mí era más bien estúpido, infantil e insulso —por vacuo y carente de profundidad— por más que en la novela se presente envuelto en las florituras del romanticismo. Tampoco el esposo despertaba en mí ninguna simpatía: otro personaje que me resultaba “unifacético”, pueril, caprichoso (y, sobre todo, egocéntrico). Si se reescribiese la obra, creo que sin duda ganaría mucho si se le diese como mínimo el mismo espacio y desarrollo a la atracción entre la esposa y el capitán. Pero, claro, también puede ser que simplemente esta obra estuviera escrita para una sensibilidad muy diferente de la mía... o para otros cánones.
Una colección de artículos interesante, de actualidad aún en muchos de sus temas (pese a que nos distancien casi 25 años ya de su publicación) y de relevancia tanto para la formación antropológica como para la de las disciplinas que en el libro se mencionan. Esto último lo digo porque el núcleo de la reflexión de Geertz en estas páginas se puede reconducir a la pregunta sobre el lugar de la antropología social y cultural entre las diversas disciplinas contemporáneas, naturales y humanas (y uno de sus primeros objetos de crítica es precisamente la separación clásica entre ciencias naturales y humanas) y a sus relaciones con ellas. Así, los diversos capítulos explorarán las interacciones de la antropología social y cultural con la historia, la psicología, la filosofía de la ciencia y la filosofía política, entre otras, con un enfoque que desde el reconocimiento de las diferencias explora las convergencias posibles y ya existentes entre ellas.
Este es el segundo libro de Ortega y Gasset que leo, tras El tema de nuestro tiempo, y una vez más he disfrutado en grande su estilo de escritura: literario pero claro, adornado pero directo, en ningún momento oscuro, enredado o difícil de entender. Su retórica se adecúa completamente a sus ideales filosóficos, a ese querer poner en el centro la vida misma y no abstracciones idealistas y “fantasmagorías”.
Esta colección de artículos es una lectura deliciosa, con fragmentos de textura de terciopelo o miel. No puedo resistirme a compartir aquí algunas de ellas:
En el amar abandonamos la quietud y asiento dentro de nosotros, y emigramos virtualmente hacia el objeto. Y ese constante estar emigrando es estar amando. [...] el amor es una fluencia, un chorro de materia anímica, un fluido que mana con continuidad como de una fuente.
Amar una cosa es estar empeñando en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquel objeto esté ausente.
Un amor pleno, que haya nacido en la raíz de la persona, va inserto por siempre en el alma sensible.
El arte de amar
La personalidad de la mujer es, más bien, un género que un individuo.
En igualdad de condiciones, la psique femenina está más cerca de un posible angostamiento que la masculina: por la sencilla razón de que la mujer tiene un alma más concéntrica, más reunida consigo misma, más elástica. Según notábamos, la función encargada de dar a la mente su arquitectura y articulación es la atención. Un alma muy unificada supone un régimen muy unitario del atender. Diríase que el alma femenina tiende a vivir con un único eje atencional, que en cada época de su vida está puesta a una sola cosa. Para hipnotizarla o enamorarla basta con captar ese radio único de su atender.
Mi valoración de este ensayo se podría resumir de la siguiente manera: su tesis me ha gustado muchísimo, la aplicación que de ella hace la autora, no tanto.
La tesis de este libro es que el cometido de la ética es el gobierno de las emociones, que la moral no puede reducirse a normas y acciones sino que consiste también en una sensibilidad que hay que educar y que el sentimiento es fundamental para la motivación moral y, por tanto, para salvar la brecha entre teoría (conocimiento del bien) y práctica (hacer el bien). Su propuesta podría describirse como algo así como una ética de las virtudes actualizada al siglo XXI.
A sus fuentes filosóficas (Aristóteles, Spinoza y Hume), Camps dedica sus primeros cuatro capítulos. A los siete capítulos siguientes dedica el análisis de diversas emociones, cuyo papel en la moral reivindica y examina: la vergüenza, la compasión, la indignación, el miedo, la confianza, la autoestima y la tristeza (las “sub-tesis” de estos capítulos me han gustado, pero algunos tramos los he encontrado redundantes, es quizá la parte que he encontrado más repetitiva). Finalmente, dedica tres capítulos a analizar el modo en que esta dimensión sentimental debe articularse en relación con la educación, la política y la ficción.
Como decía, para mí, donde falla la autora es en su “aplicación”. Camps es una filósofa que podríamos llamar institucional o, en otras palabras, reformista. En ningún momento critica como tal a las instituciones que nos rigen social y políticamente, sino que su propuesta mira a ¿mejorarlas? dándoles un toque más emotivo. Podríamos creer entonces que todo el problema de nuestra sociedad y de nuestras instituciones se refieren a un exceso de racionalismo. Cae así en una propuesta, a mi entender, estéril o impotente, porque no se dirige a las verdaderas causas del imperio de la razón instrumental más fría (ninguna mención por su parte a la escuela de Fráncfort en este sentido). Además, esto la hace representar algunos problemas de formas simplificadoras y, en mi opinión, erradas. Por ejemplo, al abordar la cuestión del nacionalismo, la reduce a una postura liberal-cosmopolita y comunitarista-nacionalista, lo que no hace en absoluto justicia al quid de la cuestión y mete en el mismo saco el nacionalismo más ultraconservador y reaccionario con las identity politics de izquierdas.
Por lo demás, como decía, su tesis me parece muy interesante y enriquecedora y está muy bien articulada a partir de sus fuentes filosóficas, lo que hace que sea una propuesta en el ámbito de la Ética que merece mucho la pena conocer.
He disfrutado mucho esta lectura, principalmente por la dimensión biográfica con la que abordaba a los distintos filósofos, sus relaciones amorosas y sus actitudes hacia el amor. Por lo general, la estructura de los capítulos era la siguiente: presentación del/la filósofo/a, andadura biográfica y filosófica, relación amorosa, visión del amor que se desprende de sus textos y de su vida, comentario del autor con una reflexión personal a partir de alguno de los temas que haya emergido a lo largo del capítulo.
Si bien no coincido 100% en el enfoque del autor, el libro está salpicado de citas y frases realmente deliciosas que han hecho que comprarlo en papel para poder subrayarlo mereciera muchísimo la pena. La escritura de Manuel Cruz combina con acierto una prosa más académica con unos toques literarios que le dan al texto un cierto lirismo y ritmo ligero a partir del cual las emociones del lector se involucran suave, y a veces apasionadamente, en la lectura.
Soy una estudiante del Máster de Profesorado de ESO y Bachillerato, por la especialidad de Filosofía, y he encontrado este libro una auténtica joya, que me parece imprescindible para cualquier profesor de filosofía de bachillerato. El autor es muy capaz de hacer algo que para esta profesión es fundamental: encontrar el vínculo entre las categorías y teorías filosóficas y los problemas filosóficos que se pueden extraer de las realidades cotidianas de los adolescentes. En cada uno de los problemas que Infante plantea, hila de forma magistral las perspectivas de distintos filósofos y filósofas, tanto clásicos como contemporáneos, cuyos planteamientos son explicados con una habilísima combinación del lenguaje técnico allá donde se necesita y es imprescindible y del lenguaje más informal con el que darle frescura al tono global del capítulo.
He aprendido mucho leyéndolo, tanto de las anécdotas que compartía de cada filósofo (cualquiera que haya dado clase a adolescentes sabrá lo mucho que disfrutan las anécdotas sobre las vidas personales de los autores que estudian, por lo que saberse unas cuantas es de gran ayuda), como de la propia metodología del libro que vengo describiendo hasta ahora. No sé si es un libro que mandaría leer como tal a mis alumnos, aunque tomar los capítulos por separado es perfectamente posible y creo que sí podría ser interesante para el trabajo en el aula o en casa de los estudiantes. Y si no, como decía, creo que es útil para nosotros mismos los profesores, porque leyéndolo es posible imaginar las dinámicas de aula de su autor y son ciertamente inspiradoras a nivel didáctico.
Pierre Hadot me hace fascinarme por cada tema que toca, por cada filósofo que menciona. En general, me devuelve siempre al entusiasmo por la filosofía.
En este libro, parte de un aforismo de Heráclito, habitualmente traducido como “la naturaleza ama esconderse”, para trazar un recorrido de 2500 años de historia de la filosofía occidental alrededor de la cuestión de la naturaleza. Cuestión que es inseparable de otros temas que emergen a lo largo del libro: la ciencia, la magia, Dios, el arte, la mística, la concepción de la existencia misma. Todos estos temas aparecen condensados aquí, con especial atención al Platón del Timeo y sus influencias posteriores, el neoplatonismo y Goethe, entre otros.
Se trata de un libro plagado de referencias, erudito, y a la vez de fácil lectura (con paciencia para poder procesar la gran cantidad de información que presenta, eso sí) gracias a la prosa de Hadot, tan sencilla, directa, clara y sintética.
Lo he leído capítulo a capítulo con gran entusiasmo y me he dejado maravillar por los tantos fragmentos y citas realmente hermosos de leer que recoge. Se lo recomendaría a cualquier persona interesada por la filosofía del arte y de la naturaleza, y creo que podría disfrutar de estas páginas sin conocimientos especializados previos.
Es un manual decente. A nivel introductorio, toca la mayoría de áreas de la psicología que son relevantes para los docentes de secundaria. No obstante, es de 2011 y la desactualización se nota, tanto en las leyes que cita, como en los vídeos que propone (lucen muy antiguos a día de hoy), y diría que también en los artículos de investigación en que se apoya. No ofrece, por ejemplo, apenas contenido sobre el papel de las TIC en el desarrollo adolescente actual. Además, he encontrado espantoso el segundo capítulo, que se dedicaba a esencializar y atribuir a las hormonas casi toda diferencia de género entre los adolescentes, arrojando afirmaciones inadmisiblemente sexistas como que en las chicas “su cerebro primitivo obedece a antiguas instrucciones de cómo sentirse deseada”, mientras que en los chicos “les pide destacar en el grupo por su fuerza”. Por el resto, me ha resultado útil como base, aunque sea por acercarme a algunos conceptos y teorías y tener ya algunas referencias en mente.
Un ensayo de actualidad sobre el estado de la educación secundaria en España. Ligero, mordaz y pertinente, en mi opinión. Si bien no hay que pedirle algo que no le corresponde (se trata de un ensayo, no de un paper, y desde el principio explicita que parte de la propia experiencia y de una determinada concepción y postura respecto al conocimiento, el aprendizaje y el papel del profesorado), creo que es bastante valioso en muchas de las sugerencias y líneas de crítica que plantea.
El objeto de su crítica se dirige contra los cambios legislativos impuestos sin un diseño en colaboración con el profesorado en ejercicio, basados en teorías pedagógicas que ignoran las condiciones reales de las aulas, que responden a las exigencias de empresas y corporaciones más que de los implicados en la enseñanza (alumnos, profesores y familias) y que no ofrecen ninguna dotación extra de recursos a una educación pública en desmantelamiento, poniendo toda la responsabilidad del éxito o fracaso de las medidas en la aptitud pedagógica de los profesores, extenuados por tanta burocracia y por unas ratios demasiado altas. Frente a esto, defiende una mayor dotación de recursos, mayor autonomía para los centros en la toma de decisiones junto con una revalorización del trabajo del profesorado, y un modelo que no pretenda restarle importancia a los conocimientos.
Aunque, a mi entender, incurre en algunas contradicciones (pues a veces sí parece enarbolar cierta retórica nostálgica), Navarra va más allá de la dicotomía nueva pedagogía vs tradicionalismo, lo que es evidente sobre todo en los ejemplos de su propia práctica docente. Esto me parece un acierto: si bien yo misma me siento bastante crítica de las nuevas propuestas (porque considero que pretenden solucionarlo todo con medidas que no van al verdadero foco del problema, haciendo por tanto un ejercicio de marketing más que otra cosa), no considero deseable tampoco reivindicar el modelo tradicional y autoritario que tampoco ha hecho gran favor a la transmisión del conocimiento. Convienen posturas y propuestas que trasciendan esta dicotomía: ni aferrarse a modalidades obsoletas del pasado ni imponer la revolución constante de lo nuevo, pues ambos me parecen anquilosados en un dogmatismo cargado de intereses políticos -reaccionarios por un lado, tecnoutópicos por otros-.
Hay cosas en las que estoy en desacuerdo con el autor, diría que por diferencias ideológicas. No creo que la escuela pueda ser neutra ideológicamente y aspirar a ello me parece quimérico o engañoso (la clásica maniobra de revestir la propia ideología de no-ideología, para hacerla pasar por verdad pura, incontaminada y desinteresada). Entiendo el ideal de que la escuela pública sea una plataforma que permita la movilidad social, pero pienso que este objetivo siempre va a estar limitado por un hecho básico: nadie merece vivir en la pobreza ni en la precariedad, pero un sistema económico capitalista requiere y exija que grandes masas de la población se encuentren en ese estado; dar la oportunidad para que algunos puedan vivir mejor nunca me parecerá mal, es un parche al que yo no renunciaría, pero no dejaría de señalarlo como parche. En este sentido, supongo que los profesores hacen lo que pueden dentro de un mundo profundamente injusto y que quizá se esté cayendo en pedazos. Y me imagino que eso requiere grandes dosis de convicción, pasión, paciencia y tolerancia a la frustración.
En suma, un ensayo que me ha resultado estimulante y que presenta de forma amena y fácil de seguir algunas de las críticas contra las reformas educativas más recientes y las nuevas tendencias pedagógicas, así como una denuncia de los problemas que aún siguen sin ser atajados ni puestos en la mesa de debate de los políticos.
Este ensayo tiene sus más y sus menos para mí. Me han parecido muy estimulantes capítulos como La risa de la muchacha tracia y Rivalidades: Nussbaum contra Butler* (lo bueno de este ensayo es que los capítulos se pueden leer como artículos independientes entre sí). Sin embargo, sigue sin quedarme claro su concepto de feminidad, quizá por el lirismo de la escritura, que a veces la hace un poco oscura y ambigua (demasiado para mi gusto). Hace mucha referencia a Lacan y a Lévinas, cuyas filosofías no conozco lo suficiente, así que quizá me haya costado seguirlo por eso. De todos modos, son filosofías que, también, se me hacen oscuras, mistificantes, todo lo contrario de clarificadoras y, por tanto, emancipadoras. En cualquier caso, algunos planteamientos me parecen interesantes, como decía, por ejemplo cuando comenta el autoconcepto que de sí tienen las filósofas, también en relación con sus profesores varones, Diotima como eje simbólico de la cuestión de las mujeres en filosofía, la particular posición de enunciación de las mujeres en el contexto de la filosofía... No obstante, se refería a la feminidad en un sentido, en mi opinión, abstracto y universalizante (no aparecen la clase ni la colonialidad por ninguna parte).
*Un problema para mí de este capítulo es que tenía cierta retórica psicologizante a la hora de analizar las posturas de ambas filósofas, lo que he encontrado un tanto fuera de lugar sobre todo en algunos pasajes.
Con la habitual precisión, agudeza, y tono conciliador de su escritura, leer a Ayme en este flash ha sido, como siempre, un placer. Las lecciones y críticas que extrae de esta última década de feminismo me parecen realmente pertinentes y esclarecedoras y encuentro muy útil que estos temas de reflexión, que en sus redes sociales ya ha abordado en ocasiones distintas, aparezcan reunidos en un único texto, con un hilo conductor coherente y fácil de seguir. Coincido prácticamente punto por punto con su enfoque, por lo que se agradece tener ahora estos conceptos e ideas ordenadas como punto de referencia.
Me parece un ensayo de lectura obligatoria para cualquier mujer comprometida con el feminismo (y muy recomendada también para cualquier mujer y cualquier hombre en general, ya tengan simpatías o incluso recelos hacia la cara más mediática del feminismo de los últimos años) y me encantaría que de planteamientos como estos nacieran múltiples ramas de debate, conversación, teoría y praxis que nos permitan hacer una autocrítica sólida y constructiva e incorporarla para no rendirnos simplemente a las fluctuaciones de atención que las redes sociales y medios de comunicación proporcionan. Las decepciones han podido ser muchas, pero no debemos quedarnos ahí, y creo que en este ensayo hay muchos elementos para empezar a imaginar nuevos cauces de profundización teórica y práctica en esto del feminismo.
La hermenéutica del sujeto. Curso en el Collège de France, 1981-1982

Apenas sé cómo reseñar este libro porque ha sido todo un viaje.
Lo empecé a leer por recomendación de un profesor de mi carrera, Antropología Social y Cultural, y aún no entiendo por qué me lo recomendó en el contexto en que lo hizo, pero no puedo estar más contenta y satisfecha. Después de la fascinación que sentí leyendo ¿Qué es la filosofía antigua? de Pierre Hadot, La hermenéutica del sujeto no ha hecho sino profundizar en las preguntas e ideas que me hago. Este es un libro que habla sobre lo que Hadot llamaba “ejercicios espirituales” en la filosofía antigua, en particular en el estoicismo de los siglos I y II de nuestra era, a través de los textos de Séneca, Epicteto, Marco Aurelio y más. Pero, a través de la mirada hacia los antiguos, se comprende mucho mejor la relación que nosotros, los modernos, tenemos con el conocimiento, con la noción misma de sujeto en relación con la verdad y con la interpretación que de la filosofía del pasado nos hacemos.
Michel Foucault es exhaustivo e incisivo. El estilo retórico de este libro se me ha hecho más digerible que otros de misma autoría porque se trata de la transcripción de cursos que impartió oralmente en el Collège de France, muy útilmente enriquecida (al menos en mi edición, de la editorial Akal publicado en 2005) por las notas de los editores. Se trata de un libro denso en erudición y sutileza en algunos razonamientos en todo caso, pero me ha parecido más didáctico y menos altisonante de lo que sentí en mi fracasado intento de leer Vigilar y castigar hace unos años.
Me parece un imprescindible para cualquier interesado/a en filosofía antigua, la cuestión del conocimiento desde una perspectiva histórica o antropológica o la espiritualidad. Y, claro, me imagino que también para cualquier fanboy/girl de Foucault xD
Esta es una novela muy atractiva por su temática y su enfoque. Una mujer, en los noventa, emprende una investigación académica y personal sobre el pasado de las mujeres de su familia, portadoras y transmisoras de tradiciones y conocimientos muy antiguos de curandería y otras artes “mágicas”. Como antropóloga, aprecio mucho la forma de describir estas prácticas y creencias desde la comprensión de su contexto, sin convertir la novela en fantasía de magia con tintes “harrypotterescos” ni provocar un distanciamiento racionalista desde el cual verlas como meras supersticiones y piezas de folklore. Así pues, sabiendo además por la nota final del libro que Tučková investigó efectivamente para escribir esta novela, me parece una combinación muy interesante de etnografía y ficción. Creo que este es un puntazo.
Respecto al tema... creo que es atractivo de por sí: mujeres con conocimientos ancestrales en un rincón en la frontera entre la Rep. Checa y Eslovaquia, perseguidas en un mismo siglo por la Iglesia, la ocupación nazi y el régimen soviético, además de envueltas por las intrigas familiares y sumergidas en un contexto de pobreza y analfabetismo, alcoholismo y violencia patriarcal.
Si hay algún punto más flojo que señalaría de esta novela, es que a ratos el hilo narrativo me ha resultado un poco irregular en su desenvolvimiento. Habría agradecido por parte del traductor o de las editoras alguna nota que explicase los patronímicos de la región, porque esto a mí me ha dificultado durante buena parte de la lectura recordar los vínculos entre los distintos personajes (y esto es bastante importante para el seguimiento de la trama). Por otro lado, creo que el énfasis puesto sobre el tema quizá ha eclipsado las posibilidades de profundizar o complejizar más en la protagonista, cuyo desarrollo se me queda un poco corto y he encontrado algo abrupto o inconexo en algunos pasajes.
En suma, me parece una novela muy interesante, sobre todo por esa combinación etnografía-ficción, y por ello creo que además de entretenida y cautivadora es una fuente de aprendizaje e incluso de reflexión sobre aspectos antropológicos, además de emocionales y relacionales.
Por fin hago caer en mis manos un ejemplar de El nombre de la rosa, y la satisfacción es muy grande. Esta es una novela a la vez densa, por lo erudita, y ligera, por lo cautivadora y entretenida. Con el pretexto de un Sherlock Holmes franciscano en una abadía del siglo XIV, Umberto Eco dibuja aquí un retrato de la Baja Edad Media que la convierte en la novela histórica más convincente que he leído hasta el momento. Los personajes, los temas, las formas de hablar y los pensamientos del narrador en primera persona son justamente así, muy convincentes, medievales en un sentido justo e intelectualmente honesto que hace que, pese a lo alejado de su mentalidad respecto a nosotros, podamos comprenderlos, aunque sea intelectualmente. Se despliega así la riqueza y diversidad filosófica que tenía cabida en ese clima cultural, tan tormentosamente atravesado de posturas teológico-políticas enfrentadas, que choca de pleno con nuestros prejuicios modernos sobre este periodo histórico. Y, en ese contexto, se nos plantean reflexiones y temas que bien pueden haberse quedado en la Edad Media (como la moral amorosa y sexual), bien pueden ser aún de ardiente contemporaneidad (como el papel de los libros y el conocimiento, el poder político y religioso, la censura, la heterodoxia y la rebelión). Sin duda, una muy recomendada novela con múltiples planos de lectura, tanto para los lectores aficionados a las novelas policiacas como a las históricas.
Leyendo Elantris no he podido evitar pensar muy recurrentemente que me parece una novela proto-Mistborn. Es decir, me da la sensación de que en ella Sanderson estaba experimentando los principios de su proyecto de trama y universo de fantasía, porque me parece encontrar muchos elementos que aparecerían después en Mistborn, sólo que mejor desarrollados. En este sentido, Elantris me ha resultado entretenida (la prosa de Sanderson ya era aquí muy fluida y envolvente), pero no fascinante, la trilogía ambientada en Scadrial le hace mucha, mucha sombra. No puedo evitar comparar ambas.
En Elantris, los personajes me parecen más planos, ubicables como “buenos” o “malos”, excepto quizá por uno de ellos, que sí se presta a ambigüedades y dilemas que le dan forma y consistencia. El ritmo de la historia también me resulta más irregular, con pasajes donde en doscientas páginas sólo hay acción y capítulos donde se producen súbitas epifanías que se acercan a explicar el “sistema mágico” que aplica en ese mundo. También me he entretenido mucho analizando las premisas ideológicas de este libro, pero eso ya entra en el terreno de los spoilers...
En conclusión, no desrecomiendo Elantris, pues, como digo, como mínimo es entretenido. Ahora bien, para quien ya haya leído Mistborn yo creo que le puede resultar poca cosa.
En Elantris me han parecido muy evidentes algunos elementos ideológicos que supongo que tienen que ver con las ideas del propio Sanderson. Por ejemplo, toda el proyecto de Raoden de Nueva Elantris se basa en la idea de que el trabajo dignifica, salva del estado de animalidad, es lo que hace humano al ser humano y lo saca de un brutal y hobbesiano estado de la naturaleza. La propia figura de Raoden y la articulación de la sociedad en Nueva Elantris responde a la idea de que la gente quiere adherirse a personas que poseen un natural sentido del liderazgo y no hacerse muchas más preguntas. Las "masas" son constantemente representadas como manipulables (por buenas influencias, como la de Raoden, o por malas influencias, como la de Hrathen o Dilaf) y necesitadas de estos líderes para "civilizarse"... Lo que más me ha chirriado, quizá, es su forma de representar a las mujeres. Sarene, la protagonista femenina, como personaje es "la chica" (de entre los protagonistas, es la única mujer) y se caracteriza precisamente por el tópico de "no es como las demás mujeres". Aun así, contrariamente a su contraparte masculina, Raoden, numerosas veces Sanderson nos la describe llorando o lamentándose por no ser atractiva para los hombres. Raoden, en cambio, no pierde tiempo en consideraciones de este tipo. Así, toda la retórica "feminista" que contiene el libro (Sarene empoderando a las mujeres de la corte arelena) para mí se queda un poco en fachada.
Este es un libro hacia el que hay que dirigirse con paciencia. Son 700 páginas con interlineado denso de historia de la filosofía occidental. Le he dedicado unos dos meses intensos de lectura comprometida (no he estado leyendo otros libros en paralelo) y para mí ha merecido la pena. Ha sido una lectura exigente, pero muy enriquecedora. ¿Por qué? Bien, lo que más he apreciado de esta obra es la claridad con la que se realiza un trazado por la historia de la filosofía occidental moderna muy capaz de transmitir los vínculos, continuidades y discontinuidades en temas y enfoques de las doctrinas de distintos pensadores (no sólo filósofos, puesto que incluye también a artistas, cosa que he apreciado mucho). De esta manera, las ideas en el tiempo cobran una lógica, se vuelve evidente cómo igual que no hay ningún pensamiento que surja ‘ex nihilo', tampoco hay pensamientos repetidos, sino sólo temas o conceptos retomados, pero nunca desde el mismo enfoque. Dotar un hilo de este tipo a la historia ha aportado una gran frescura a los conocimientos de historia de la filosofía que ya tenía (lo que me recuerda que he de señalar que no creo que este libro deba leerse sin tener al menos unas nociones mínimas sobre el canon filosófico occidental), profundizándolos, relacionándolos entre sí, aportándoles nuevos enfoques.
Aunque pueda parecer, por el título, que en este libro se va a hablar sobre el problema del yo, en realidad se abordan muchísimas más cuestiones: la concepción de la naturaleza, de la razón, de Dios, del arte, de la condición humana, del bien... Todo ello en relación con la tesis del autor según la cual los seres humanos no podemos hacernos una idea del mundo sin “valoraciones fuertes” (distinciones cualitativas), o lo que es lo mismo, sin una “topografía moral”: igual que estar en el mundo significa estar en algún lugar y por eso nos dotamos de puntos de orientación (arriba, delante, al norte, cerca, etc.) con los que orientarnos, partiendo de algún sistema de referencia, no podemos describir ni dar un sentido a lo que nos rodea sin un marco de referencia con un criterio de “bien” a partir del cual ubicarnos y ubicar al resto de entidades. Por esa razón, la moral para el autor va más allá de cuestiones cómo qué es una buena acción y qué es ser bueno y entra en el terreno de preguntas como qué es una vida plena y qué la caracteriza. De ahí que la cuestión del yo y de la identidad sea una cuestión moral estrechamente vinculada a la visión que se tiene del resto del cosmos.
La ideología del autor se hace notar. En mi opinión, tiene una concepción liberal (y, por tanto, androcéntrica) del sujeto moderno, de ahí que no sólo no se mencione a una sola autora en 700 páginas de texto más otras 100 de anotaciones y referencias. Y el problema no es tanto que no las mencione, que también, sino sobre todo que no aborde en ningún momento la cuestión de género. Tampoco la cuestión racial, cosa grave, teniendo en cuenta los orígenes de la modernidad occidental y la vinculación entre la construcción del sujeto liberal y la construcción de las teorías racistas y raciológicas. Yo no creo que el sujeto moderno pueda entenderse sin un enfoque de género y decolonial. Charles Taylor parece realmente erudito por la cantidad de referencias que hace, pero son más que notables estas ausencias, que hacen que su libro sea deshonestamente parcial, y digo deshonestamente porque pese a que menciona y reconoce otras limitaciones de su libro, respecto a estas lagunas no dice nada de nada. Con todo, el libro me parece valioso por otras razones y existen otros textos que abordan estas cuestiones y hacen críticas extensivas de la noción liberal de sujeto, así que no me enrollaré más en esta reseña: recomiendo este libro a personas con paciencia pero con interés en profundizar en las raíces teóricas que vinculan a distintas ideas del yo y del mundo características del pensamiento occidental.
¡Qué novela magnífica! Frankenstein es una conmovedora fábula constelada por personajes de las sensibilidades más elevadas en la que se reflexiona sobre la condición humana y el alcance del deber moral con la intensidad emotiva propia del Romanticismo.
Para quien no esté familiarizado, la criatura imaginada por Mary Shelley poco tiene que ver con el monstruo verdoso con la frente alargada que forma parte del imaginario “halloweenesco” contemporáneo. Lo que en esta novela encontramos es lo siguiente: Un protagonista, Viktor Frankenstein, un joven ginebrino movido por una sincera pasión por las ciencias naturales, admirado de la naturaleza y de las leyes que la gobiernan, orgulloso de su propio intelecto pero con una gran inclinación moral hacia la humanidad. Por otro lado, el demonio, la criatura que artificialmente recibió la vida otorgada por Frankenstein, un ser con inteligencia y conciencia humanas pero con cuerpo deforme y sobrehumano, y que, a causa de su deformidad, no recibiría por parte de los auténticos humanos más que desprecio y odio, hasta tal punto de no ser gratificado ni siquiera con la dignidad de recibir algún nombre propio a lo largo de toda la obra.
En la novela, tejida a tres voces (la de Viktor Frankenstein, la de la criatura y la de Robert Walton, un explorador que recopiló sus relatos tras escucharlos de boca de Frankenstein), nos enfrentamos a dos horrores que son contraparte el uno del otro: el del hombre corrompido por su propia creación y el de la creación corrompida por los hombres. Nosotros los lectores, como el personaje de Robert Walton, nos encontramos en la curiosa posición por la cual llegamos a sentir una honda compasión por ambas almas desgraciadas.
Lo conmovedor y apasionado del estilo del relato es un reflejo, a mi entender, de la propia sensibilidad de una jovencísima Mary Shelley, que además de novelista creo que deberíamos considerar ante todo como pensadora, pues esta obra, que recoge algunos de los principales caracteres de la sensibilidad romántica (la poesía de Coleridge y Wordsworth, la experiencia sublime de la naturaleza, el afán explorador y desafiante del ser humano y las humanas pasiones en general), contiene dentro de sí un constante interrogarse filosófico sobre la condición humana y el deber moral. Sí, del tormento de Frankenstein podemos extraer a modo de “moraleja” los peligros de la hýbris, es decir, de la prepotencia con la que el ser humano intenta transgredir los límites de su condición, desafiando a las leyes naturales o divinas. Pero el tormento de la criatura, que insistentemente nos es descrita como aborrecible, nos hace preguntarnos sobre qué nos vincula moralmente los unos a los otros, sobre el prejuicio y las pasiones irracionales y violentas que es capaz de desatar, sobre el inmensurable sufrimiento posible en el hecho de no ser reconocido como humano, no poseer patria ni hogar y ser condenado al odio eterno.
Todas estas cuestiones aparecen exquisitamente entretejidas en la expresiva y emotiva prosa de Mary Shelley, una auténtica pionera de la ciencia-ficción y del thriller psicológico a la que no le hace falta redundar en detalles técnicos ni escabrosos para sumergirnos en la creciente y angustiosa oscuridad que aflige a un corazón hondamente perturbado por su horrorosa culpabilidad.