Es difícil escribir una reseña de un clásico tan único y reconocido.
De adolescente me fascinó la magia, las leyendas de un gran pasado y la ternura de los personajes sencillos enredados en ellas.
De adulta, cada vez que lo he vuelto a leer, he descubierto más cosas: la riqueza del lenguaje, el ritmo impecable, la épica de las batallas, hay mucho que disfrutar en este libro. Pero esta vez, al volver a Tolkien con ojos de senderista, me han fascinado esos paisajes naturales y humanos, que no son sólo un marco para la trama del libro, si no que forman parte de la belleza y la riqueza que los personajes luchan por preservar.
Una revisión muy amena e interesante de la evolución de la sociedad humana, desde el origen de la especie hasta hoy. Abre también un debate sobre el significado de la felicidad, y si el progreso ha contribuido ha hacernos más felices.
No puedo realmente valorar el rigor científico de sus hipótesis, aunque muchas de sus conclusiones parecen más opiniones personales que el resultado de una investigación. A mi me chirría especialmente su opinión sobre la revolución agrícola, a la que llama “el mayor fraude de la historia” con argumentos bastante flojillos.
Muy interesante, pero un poco más largo de lo que el tema requiere. Explora los límites éticos a la comercialización de bienes como la educación, sanidad, medioambiente, cultura...
Pone ejemplos muy interesantes y aborda cada caso desde dos puntos de vista: la desigualdad y la pérdida de significado. Si se puede pagar por un mejor acceso a la sanidad, o por el derecho a contaminar, o a formar una familia, por un lado se generan desigualdades y por otro se pierde el sentido de la solidaridad, responsabilidad o afecto que deberían acompañar a esos actos.
Plantea preguntas que deberíamos hacernos más a menudo, te da herramientas para analizar y opinar sobre cosas que chirrían, que parece que están mal, pero no sabes exactamente por qué. La única pega que puedo ponerle es que a veces se hace un poco repetitivo, hace las mismas reflexiones una y otra vez.
Molo (Daniel) sufre dos veces a causa del colonialismo, una cuando la brutalidad del más fuerte le arrebata a su familia y otra cuando la caridad sin empatía intenta ayudarle, imponiendo costumbres que no entiende, mientras le niega lo que de verdad necesita.
Un libro intimista, lleno de personajes que se buscan - a si mismos o unos a otros - pero no se encuentran, refleja el aislamiento al que nos lleva intentar cambiar al otro sin entenderlo.
Con este libro he aprendido a reconocer qué es lo que tanto me atrae de este género, y es el tema común a todas las novelas policiacas: la búsqueda de la verdad más allá de las apariencias, los prejuicios y el orden comúnmente aceptado, la lógica y la razón como instrumentos para llegar a un mundo más justo, mejor.
Alberto del Monte lo resume mucho mejor que yo:
“La reducción de lo inexplicable, a lo posible, a lo racional, y la planificación de todas las clases sociales en el cuadro de la investigación criminal, mediante el cual las clases dirigentes son desmixtificadas y quedan vulnerables y capaces de las peores infamias, hasta el punto de que el asesino pertenece con más frecuencia a las clases altas que a las bajas, son convenciones, sí, pero que encierran un contenido progresista superior al de la fórmula de la violencia.”
“Pero simboliza también la eterna búsqueda del destino humano en las tinieblas del misterio y el error: el caballero ha depuesto la espada para armarse de raciocionio o de microscopio o de revolver, su aventura, de guerrera y religiosa que era, se ha convertido en racional y sicológica, la selva de la vida se convertido en la maraña de las pistas y de las sospechas y en los meandros de una mente criminal, la quête de la perfección espiritual ha adquirido nuevas dimensiones, las de la investigación de un misterio criminal, la conquista de la verdad suprema se ha resuelto en la solución de un enigma.”
Un libro correcto, pero no repetiría.
El protagonista es sumamente desagradable, pero tan mezquino que no llega ni a ser realmente malvado. Aún así, tiene algo de fascinante, estaba deseando ver en qué acababa todo ese trajín. Pfff.
Supongo que el autor ha querido transmitir la frustración del que espera que la vida le traiga grandes cosas. Si es así, misión cumplida, no puedo decir que este libro me haya dejado nada más, que la sensación de dar vueltas como una noria.
Los primeros capítulos no me gustaron demasiado, pero era una propuesta de un Club de Lectura, así que le di una oportunidad.
Hay varias partes en las que te explica como son los personajes, en vez de poner una escena o un diálogo que ilustre sus personalidades. También hecho de menos una prosa algo más cuidada, descripciones más ricas (y eso que tiene varias escenas en parajes muy especiales).
Con todo y con eso, hay que reconocer que es un libro muy ágil, con una trama interesante, fácil de leer, engancha.
Es el primer libro que leo de este autor y no me han quedado ganas de leer nada más.
Es literatura juvenil, así que el público al que está dirigido puede que no tenga experiencia suficiente como para aburrirse con los personajes estereotipados. Me cuesta más perdonarle el lenguaje poco natural, repetitivo, los agujeros argumentales y la ambientación pobre.
Tiene buen ritmo y mucha acción, eso sí.