

Mi único acercamiento a László Krasznahorkai antes de enterarme de que había sido galardonado este año con el premio Nobel de Literatura fue ver su nombre como guionista de la película El caballo de Turín, de Béla Tarr, donde se dibujan ambientes pesados, inquietantes y monótonos que describen «la pesadez de la existencia humana», cosa que, según he visto en críticas, es algo recurrente en su obra literaria.
Pienso que esta recopilación de relatos es la mejor manera de iniciarse en la literatura de Krasznahorkai. Consta de ocho cuentos, de los que destaco «Herman, el guardabosques (primera versión)» y «El final de un oficio (segunda versión)», que parecen ser enfoques diferentes de la misma historia, y «La trampa de Rozi», que narra el transcurso de un día desde la perspectiva de tres personas distintas. En ellos ya está todo el universo del autor sobre la desesperación de la existencia, el absurdo y la inminencia de la destrucción social.
«Comprendí entonces que, si miramos el mundo con odio y repugnancia, el mundo se vuelve odioso y repugnante; si lo hacemos con amor y esperanza, se vuelve imprevisible y hostil; lo mejor es, entonces, no mirarlo en absoluto».
Mi único acercamiento a László Krasznahorkai antes de enterarme de que había sido galardonado este año con el premio Nobel de Literatura fue ver su nombre como guionista de la película El caballo de Turín, de Béla Tarr, donde se dibujan ambientes pesados, inquietantes y monótonos que describen «la pesadez de la existencia humana», cosa que, según he visto en críticas, es algo recurrente en su obra literaria.
Pienso que esta recopilación de relatos es la mejor manera de iniciarse en la literatura de Krasznahorkai. Consta de ocho cuentos, de los que destaco «Herman, el guardabosques (primera versión)» y «El final de un oficio (segunda versión)», que parecen ser enfoques diferentes de la misma historia, y «La trampa de Rozi», que narra el transcurso de un día desde la perspectiva de tres personas distintas. En ellos ya está todo el universo del autor sobre la desesperación de la existencia, el absurdo y la inminencia de la destrucción social.
«Comprendí entonces que, si miramos el mundo con odio y repugnancia, el mundo se vuelve odioso y repugnante; si lo hacemos con amor y esperanza, se vuelve imprevisible y hostil; lo mejor es, entonces, no mirarlo en absoluto».