Me ha resultado muy entretenido de leer, quizá porque yo también he sido (o soy) metalero y siempre me ha interesado la oscuridad, la violencia y el horror cósmico; quizá no tanto los autos, pero eso no le ha quitado nada a lo entretenida que me ha resultado la historia.

Miles de ojos es un libro que me llamó la atención durante años. Lo veía recurrentemente en librerías y ferias del libro. Su portada —con una tipografía que remite de inmediato al death y al black metal, y un motor atravesado por tentáculos— era imposible de ignorar, pero por alguna razón nunca me decidía a comprarlo, quizá por miedo a que no me gustara o a acabar decepcionado.

Grave error haberme privado de tan entretenida historia durante tantos años.

La idea estuvo buena me gustó bastante, me recuerda a una versión más “nerfeada” de AM en «no tengo boca y debo gritar», quizás yo no la catalogaría como novela, para mí es más un cuento.

A pesar de que el autor no se proclama escritor y aclara que es alguien que trabaja en sistemas, la historia está bien escrita, hay bastantes ideas interesantes que plantea el autor como la de que la sociedad es tan frágil que solo necesita verse a sí misma sin filtros para colapsar.

Lo único que me llama la atención es que a momentos, ciertos pasajes se sienten escritos, o quizás refinados, con una LLM, no digo que sea algo malo, al final es una herramienta, pero a momentos a mí personalmente me incomoda el cómo suele escribir la IA. Pero quizás me equivoco, es solamente una conjetura.

Que gran libro, es un descenso al infierno mismo, aún los episodios de esperanza están llenos de miseria pues es solo posponer lo inevitable, cuando tu corazón está en cenizas, como el mundo que te rodea, realmente no deseas otra cosa que todo termine.

«Pocas noches tumbado en la oscuridad no envidiaba a los muertos»

Es una novela corta cuyo protagonista, Hajime, se ve profundamente afectado por el reencuentro con una amiga de la infancia, Shimamoto, a quien recuerda como el único amor “real” de su vida.

Lo interesante —para mí, al menos— es que la obra deja abierta la duda sobre ese reencuentro e incluso sobre la existencia misma de Shimamoto. Hay detalles que permiten pensar que Hajime podría haberla construido mentalmente para sobrellevar la crisis existencial que parece atravesar gran parte de su vida.

No soy particularmente fan de Hajime: me resulta pretencioso y con gustos “sofisticados”, quizá demasiado autoconsciente. Además, su obsesión con ser hijo único me cuesta entenderla (bueno, yo tengo hermanos, así que no sé si ser hijo único es realmente duro, quizás lo es en Japón).

Pero la novela no me pareció mala. Es entretenida y, sobre todo, me despertó cierta nostalgia por los paisajes urbanos de Tokio, que Murakami describe con una sensibilidad muy particular.

Creo que muchas personas leen esta obra en la adolescencia/juventud, o al menos recuerdo que muchos compañeros de colegio se pavoneaban por haberlo hecho.

Entiendo bien de dónde proviene el reconocimiento casi unánime hacia Cien años de soledad de García Márquez; sin embargo, debo admitir que no es un libro que haya resonado del todo conmigo. Aun así, me ha gustado mucho y me parece indiscutiblemente magistral la forma en que el autor narra un siglo completo de la estirpe Buendía: una familia marcada por la soledad, las repeticiones, las obsesiones y un destino que parece siempre circular.

Algo que me resultó especialmente memorable es cómo la novela prescinde de un protagonista único. En cambio, la historia avanza como un gran tejido coral, donde cada generación aporta un nuevo matiz a esa mezcla entre realidad y mito que define a Macondo. Aunque no haya sido un libro que me haya encantado en lo personal, sí reconozco su enorme valor literario: la capacidad de García Márquez para construir un universo propio, lleno de simbolismos, prodigios y tragedias, es algo difícil de igualar. Es una obra que tal vez no se adapte del todo a mis gustos, pero cuya calidad y potencia narrativa son innegables.

Una colección de cuatro novelas cortas, cuyo hilo conductor es la venganza.

Es la primera vez que leo algo de King, y pucha que no esperaba que me guste tanto. Son cuatro historias de fácil lectura, maneja un lenguaje accesible (en mi opinión) y como menciona en el epílogo escrito por él mismo, busca contestar a la pregunta <<¿cómo es posible que ocurran cosas así?>> los relatos sugieren que a veces existe un motivo.

La literatura de ficción es uno de los caminos a través de los cuales intentamos dar sentido a nuestra vida y al mundo (a menudo) terrible que vemos a nuestro alrededor.

¿Qué puedo decir que no se haya dicho ya de la obra? Pienso que, no por nada, algo escrito en 1867 se mantiene vigente hasta la actualidad. El relato nos hace acompañar el sufrimiento psicológico de Raskólnikov: su lucha interna por justificar o condenar aquello que él mismo ha cometido.

En alguna otra reseña leí algo como esto: “En los dilemas de Raskólnikov están la ansiedad, el pánico, la depresión, la esperanza, el amor, la muerte, el odio… Y es tan de verdad que da miedo”. Creo que es el mejor gancho para despertar el interés de cualquier nuevo lector por esta obra.

Lo he disfrutado bastante, me agrada el concepto de presentar a cada autor con su propia definición del terror. Algunos cuentos me han generado algún mal sueño, lo cual considero positivo siendo historias de terror. Hay tantas temáticas que se abordan que preferiría no entrar en detalles.

Creo que el libro en formato físico se encuentra agotado, yo lo encontré en digital, aunque me gustaría tenerlo en físico, ojalá saquen alguna reedición.

“Dios ha hecho todo de la nada. Pero la nada persiste” - Paul Valéry

El tema del suicidio y la muerte es algo que ha rondado mi cabeza desde mi vida temprana, y lo que me gusta de este ensayo es que no busca afrontar el tema desde las estadísticas o desde una perspectiva de “enfermedad”. Hace un repaso histórico de las percepciones de la sociedad además de las razones por las que la gente ha ido atentando contra su propia vida.

Pienso que este enfoque solo puede tener alguien con genuino interés de entender porqué el matarnos es un común denominador de la humanidad a lo largo de su historia.

Es un libro muy entretenido, me ha llevado de nuevo a mis años de adolescente, donde pensaba menos y hacía más por estar camote jaja, creo que es una historia donde todos podemos vernos reflejados en menor o mayor medida. Pobre choclito, pero ¡así es la vida!

Es un relato crudo de las vivencias de un migrante boliviano en Estados Unidos, los amores allá, desamores de su juventud y las experiencias que puede uno encontrarse en condición de migrante ilegal.

Retrata también el cómo aún dentro de los migrantes lejos de haber solidaridad y compañerismo se crean ciertas rivalidades, prevalece un clasismo fuerte entre compatriotas y miramientos entre latinos que ejercen los mismos roles allá.

Tengo entendido que tiene bastante de las propias experiencias del autor, pero podría estar equivocándome, la lectura se me hizo pesada en algunos momentos, quizás se deba a mi inmadurez de lector o quizás simplemente no es muy lo mío, pero creo que vale la pena una releída en el futuro.

Creo que lo que más resuena conmigo es cómo va tratando la depresión, la falta de deseo de vivir, ese dolor que se asemeja a un agujero profundo que quiere tragarte. Sobretodo al final de la obra, donde la autora va entregando un poco más del contexto de la vida de sus personajes.

No quiero repetir lo mismo que expresan otras reseñas. Pero entiendo muy bien porque esta autora ha ganado el premio Nobel de Literatura.

Que puedo decir, es magistral la manera en que Pacheco maneja el lenguaje, si bien el libro es corto logra insertar al lector en el tiempo y espacio en el que ocurre la obra, el periodo colonial en la región del cuzco. Entiendo porque le dieron el premio nacional de novela a Pacheco con esta obra.

Alucinante, creo que no puedo decir otra cosa, me ha parecido un libro maravilloso, el manejo del lenguaje sobretodo en las descripciones lo he sentido casi como poesía, quizás soy muy neófito o quizás realmente es muy hermoso.

“Un dios me ha dado el don de decir cuánto sufro”

- Furia, Pág. 237